Entrevista publicada en La Mañana de Neuquén, Sección Puntos de Vista, 30
de diciembre de 2007
La oposición sigue siendo incapaz de transformarse en alternativa de poder
Gustavo Pandiani, Decano de la Facultad de Ciencias de la Educación y
Presidente de la Asociación Argentina de Marketing Político da una visión
sobre el escenario político actual, con Cristina como Presidenta.
Por Laura rotundo
Gustavo Martínez Pandiani es Decano de la Facultad de Ciencias de la
Educación y de la Comunicación Social de la Universidad del Salvador y
Presidente de la Asociación Argentina de Marketing Político. En esta entrevista, nos brinda su visión sobre el escenario político
actual, luego de la asunción de Cristina Fernández de Kirchner como
Presidenta de los argentinos.
¿Cómo observó las primeras semanas de gestión de Cristina
Kirchner en el Gobierno?
Luego del interesante discurso ante la Asamblea Legislativa, ocasión en la
que la presidenta logró mostrar cierta una impronta personal y distintiva,
la primera semana de su gestión se vio complicada por dos hechos políticos
sustantivos: las declaraciones rebeldes de Hugo Moyano y la reaparición en
Estados Unidos del episodio de la valija de Antonini Wilson.
A pesar de ambos, creo que la presidenta trató de diferenciar su mandato
del de su esposo y envió algunos gestos positivos a diferentes sectores de
la vida nacional, en especial a la Iglesia Católica.
Igualmente, siendo éste un gobierno de continuidad, quedó claro que no
tendrá el beneficio de la «luna de miel» del que goza todo nuevo gobierno.
A propósito del caso de la valija, ¿qué opinión le merece este hecho?
Hay que dejar trabajar a la justicia y no sacar conclusiones antes de tiempo.
¿Cuáles cree que serán los mayores desafíos de la nueva Presidenta?
Dado que en los próximos años la batalla por el poder no se dará en el
campo de los partidos políticos sino en el de las corporaciones sociales,
Cristina Fernández tendrá que actuar en el sinuoso terreno de los
intereses sectoriales, con la mira puesta en el interés colectivo.
Considero que el principal desafío que tendrá la presidenta se dará en el
terreno de los intereses en pugna. En particular, en lo referido a la puja
salarial entre trabajadores y empresarios. Desde el comienzo, y sin medias
tintas, la presidenta formuló algunas advertencias y marcó la cancha.
Aprovechó el puntapié inicial de su gobierno para marcar límites a las
demandas anticipadas de aquellos actores sociales que serán clave en el
marco de la dura puja de intereses que se viene.
Fiel a su estilo asertivo y enérgico, no dudó en anunciarles a empresarios
y sindicalistas que no jugará el juego interno de ninguno de ellos. Y que
la presidenta será ella.
Resulta evidente que dentro de cada uno de los mencionados sectores
existen subgrupos que compiten por el poder interno y por el manejo de la
agenda. Para la presidenta será un gran desafío entonces operar como una
articuladora eficaz de dichas compulsas.
¿Considera que habrá algún cambio sustancial respecto de la gestión
de Néstor Kirchner?
Teniendo en cuenta que la historia política argentina se caracteriza por
rupturas profundas y cambios bruscos, la verdadera novedad de la presente
transición presidencial es la continuidad. En consecuencia, no resulta
sorprendente que los ejes centrales anunciados por C.F.K. sean
esencialmente los mismos que los puestos en práctica por su esposo a lo
largo de los últimos cuatro años.
En efecto, el vigente «modelo de acumulación con inclusión social» se
mantendrá intacto, independientemente de que se serán redefinidos los
roles de la sociedad política que, desde hace más de tres décadas,
constituye el matrimonio Kirchner.
Si bien, como ella misma lo expresara, el gobierno de Cristina Fernández
se enmarca en un proceso político más amplio que comenzara el 25 de mayo
de 2003 con la presidencia de Néstor Kirchner, es probable que la primera
mandataria intente darle a su administración ciertos rasgos propios. Es
probable que dicha «diferenciación dentro de la continuidad» se concentre
en dos áreas principales: reforma institucional y política exterior.
Así, las pistas o insinuaciones de cambio se concentraron en una serie de
problemáticas puntuales que promete convertirse en el capítulo más
innovador de su mandato: reforma judicial, pacto social, educación e
investigación científica, y reforzado protagonismo internacional (como por
ejemplo con caso Betancourt, reclamo por Malvinas y lucha contra el
terrorismo mundial). Pero, en verdad, todo ello dependerá de la evolución
de los primeros 100 días de gobierno.
¿Cómo analiza a la oposición en este contexto?
En general, la oposición sigue siendo incapaz de transformarse en
alternativa de poder. Es cierto que, a partir de la profunda crisis de
representación que siguió al fiasco de la Alianza, el sistema político
argentino implosionó de un modo dramático e inédito. Pero, en rigor, el
tan mentado «que se vayan todos» de finales de 2001 -que transformara el
PJ y la UCR en meras cáscaras vacías-, no es un hecho del pasado lejano
sino más bien un hecho del presente cercano.
En consecuencia, resulta lamentable que sean muchos los opositores que se
enorgullecen por considerarse a sí mismos candidatos más allá de los
partidos. Lejos de constituir un indicio de saludable renovación
dirigencial, el apartidismo militante de algunos opositores puede
significar un ilusorio acercamiento entre clase política y ciudadanía. Más
allá de que algunos candidatos se ufanen de su cualquerismo
representativo, el pésimo estado de salud que atraviesa el sistema de
partidos es una muy mala noticia para la democracia toda.
¿Cómo observa a la sociedad en su relación con la clase dirigente?
La incapacidad demostrada por las agrupaciones partidarias más antiguas
del país a la hora de canalizar la participación de los ciudadanos está
dando lugar a una cuestionable forma de aglutinación electoral: la
identificación personalista.
Millones de votantes rechazan hoy reconocerse en términos de pertenencia
partidaria o ideológica y prefieren identificarse «a título personal» con
figuras políticas individuales.
Sucede que, merced a la mediatización de las campañas electorales y al
imperio de la política-espectáculo, las personas tienen más posibilidades
de crear sentido de pertenencia que las instituciones. En consecuencia,
para la videopolítica del siglo XXI los mensajeros han pasado a ser más
importantes que los mensajes.
¿O será que, como anticipaba hace casi medio siglo el comunicólogo
Marshall McLuhan, los mensajeros son los mensajes?
En cualquier caso, es
evidente que algunos dirigentes han desarrollado una capacidad de
representación mayor a la que poseen sus propios sellos partidarios. Así,
por ejemplo, Elisa Carrió es mucho más icónica que el ARI y Mauricio Macri
es claramente más convocante que el PRO. Pero, en mi opinión, nunca es
sano que un proyecto político dependa tanto de una persona en particular.
Como Decano de la USAL, ¿cuáles cree que deben ser los cambios o las
iniciativas que deberían aplicarse en forma urgente y/o paulatinamente en
materia educativa para detener el deterioro en este aspecto?
Tenemos que volver a educar en valores. En especial, vincular la educación
con la cultura del trabajo, la igualdad de oportunidades y la
meritocracia. Pero, para ser sostenible, cualquier reforma educativa que
se proponga debe ser una reforma integral que comprometa a todos los
actores en juego: Estado, docentes, alumnos y padres.
¿Cuál es su reflexión sobre la coyuntura de la República Argentina?
La extrema personalización que sufre en la actualidad la política criolla
constituye una objetable inversión del principio de la sociología moderna
que estipula que «los roles deben ser siempre más importantes que sus
ocupantes». Caso contrario, la construcción de poder será estructuralmente
débil, toda vez que el sistema dependerá de algo tan finito y frágil como
es el destino de un individuo. Y ello vale tanto para la oposición como
para el oficialismo.
Justamente para evitar dicho peligro, las sociedades crean sus
instituciones. Y, en el ámbito electoral, son los partidos políticos los
que deben ejercer las funciones básicas de representar a los ciudadanos
comunes y de articular los intereses de los múltiples sectores que
conforman el conjunto social. Es indiscutible que en el presente las
organizaciones partidarias tradicionales han ingresado en una espiral de
insignificancia colectiva que hace difícil imaginarlas cumpliendo ese
vital papel. Pero, resulta aún más difícil vislumbrar una democracia
consolidada con partidos políticos que dependan exclusivamente de la
voluntad o el capricho de una sola persona.
Numerosos analistas y politólogos sostienen que, en el estado de
desmantelamiento en que se encuentran hoy, los partidos nacionales de la
Argentina (en particular el Partido Justicialista y la Unión Cívica
Radical) no tienen mucho para aportar.
Allí radica entonces el gran desafío de las nuevas generaciones de
peronistas y radicales: modernizar y readaptar las estructuras de sus
respectivas fuerzas a las realidades del nuevo siglo. Ello es, reconstruir
sus partidos, abrirlos de cara a la sociedad y convertirlos en usinas
formadoras de cuadros que fortalezcan el andamiaje institucional de la
política. Porque una democracia sin partidos políticos fuertes es una
democracia débil.