Artículo publicado en Revista Noticias, Sección Política Nacional, 8 de
dicienbre de 2007.
Continuidad
Más allá de que todas las opiniones son respetables, la única voz soberana
en un sistema democrático "que se precie de tal" es la de los votantes.
El pasado 28 de octubre hablaron las urnas. Entonces quedó claro que, en
términos mayoritarios, los argentinos se manifestaron en favor de mantener
el modelo kirchnerista.
Aunque al inicio de la campaña el oficialismo insinuó un errático discurso
publicitario con eje en la idea de cambio, el de Cristina Fernández fue en
verdad un discurso político de continuidad. En efecto, una buena parte de los ciudadanos que eligieron a la próxima
presidenta lo hicieron en apoyo a ciertos logros que, en el campo de la
economía y del empleo, obtuvo Néstor Kirchner en los últimos cuatro años y
medio. Por ello, la permanencia en sus cargos de muchos de los funcionarios que
acompañaron al patagónico en su gestión debe ser comprendida en dicho
contexto: ¿para qué cambiar lo que está probado?
Más aún, es lógico pensar que la señalada continuidad de personas augura
la casi segura continuidad de políticas e, incluso, la probable
continuidad del modelo. Lo que en rigor resulta llamativo para algunos observadores es que la
actual transición política sea una transición sin grandes rupturas. Sucede
que los argentinos están acostumbrados a que, en su historia nacional,
cada cambio de gobierno equivalía a comenzar de nuevo. Desde cero.
No obstante, la opción popular por mantener ciertas conquistas no debe
significar para la clase política que no hay de tareas pendientes. Las
hay. Y son numerosas y complejas. En consecuencia, resulta esencial comprender que continuidad y cambio son
las dos caras de una misma moneda: el progreso. Para que las sociedades
progresen tienen que conservar lo que les hace bien y modificar lo que
les hace mal. Ese es precisamente el desafío de todo sistema democrático"que se precie de tal".
|