Nota publicada por el diario La Nación el 12 de septiembre de 2008
El gran daño a la política
Gustavo Martínez Pandiani
Decano Facultad de Ciencias de la Educación y de la Comunicación Social Universidad del Salvador
"No me interesa. La política es una cosa sucia, llena de corrupción y tipos jodidos." La frase, dura pero sincera, resume a cabalidad lo que sienten millones de adolescentes argentinos a la hora de considerar su eventual participación en agrupaciones partidarias u otros espacios de militancia política.
Así lo demuestra un reciente estudio publicado por la Universidad de Palermo, según el cual tres de cuatro niños y jóvenes de entre 10 y 24 años rechazan de plano la idea de "meterse en política". Y, aunque expresan su voluntad de ser solidarios con los demás, no identifican al los partidos como un lugar apropiado para "hacer el bien".
Este sentimiento de lejanía pone en evidencia la profundidad de la crisis de representación que sufre el país desde hace mucho tiempo.
Pero lo más grave es, en rigor, que las nuevas generaciones ya no sólo descreen de los dirigentes sino que, incluso, desprecian a la política en sí misma. Y allí radica justamente el drama mayor: los políticos le han hecho mucho mal a la política.
Las sistemáticas promesas incumplidas, el doble discurso, las desilusiones, la falta de valores, la corruptela y la impericia de las elites vernáculas han destruido la base axiológica del poder.
Este inocultable desencanto de los jóvenes implica un alto riesgo para la democracia como estilo de vida. Porque, más allá de algunos augurios demagógicos u oportunistas, en las sociedades de masas la gente no puede gobernarse a sí misma. En efecto, aún en el siglo XXI, el pueblo no delibera ni gobierna sino a través de sus representantes.
En consecuencia, el país necesita mejores representantes, líderes creíbles, ciudadanos comprometidos y partidos políticos fuertes. Tal vez haya que resignificar algunas instituciones de la democracia. Pero, no cabe duda, las soluciones deben ser concebidas desde una dimensión colectiva que únicamente la Política (así con mayúscula) puede asegurar.
En todo caso, el problema de los malos políticos se arregla con mejores políticos, y no sin ninguno de ellos. Caso contrario, la desaconsejable tentación de la antipolítica tomará arraigo en la comunidad hasta dejarla expuesta a los peligros de la anomia, el sálvense quien pueda, la fragilidad institucional o, peor aún, el mesianismo de algún iluminado. Por ello, en ciclos históricos como el iniciado con la crisis de 2001, conviene recordar que en democracia "el ocupante del rol nunca debe ser más importante que el rol".
Es probable que estén surgiendo nuevas formas de participación cívica, en especial entre los más jóvenes. Es posible que la aparente apatía que éstos muestran esconda en verdad un modo diferente de conciencia y acción desideologizadas. No obstante, resulta esencial que la política recupere su valoración entre aquellos que tienen la oportunidad de forjar un mejor futuro para la Nación. |