Artículo publicado por el diario El Cronista el 14 de abril de 2008.

Efectos urbanos del conflicto rural

Dr. Gustavo Martínez Pandiani
Decano de la Facultad de Comunicación Social
Universidad del Salvador

El duro conflicto de las últimas semanas entre el gobierno nacional y el campo ha puesto en evidencia las profundas alteraciones producidas en los últimos años en las relaciones entre el kirchnerismo y los grandes centros urbanos.

En rigor, la reciente protesta cacerolera desnuda un proceso sociológico muy complejo, hasta ahora poco estudiado. Lo que se vislumbra detrás de ella es un drástico cambio en el sistema de alianzas políticas y sociales que sostiene al proyecto K.

A partir de 2003, cuando Néstor Kirchner ganó la elección presidencial con una muy endeble legitimidad de origen (obtuvo apenas el 22 por ciento de los votos), el gobierno logró fortalecer su poderío a través de una alianza con los sectores medios del país. Para ello, conformó rápidamente un típico “gobierno de opinión pública”. Esta alianza apeló entonces, como eje principal de su construcción política, a un discurso progresista, transversal y antipejotista.

El máximo esplendor de esta primera fase kirchnerista de unión con las clases medias urbanas e independientes ocurrió en las elecciones legislativas de 2005, en las que Cristina Fernández de Kirchner fue el símbolo elegido para vencer al imaginario duhaldista.

Pero en tan sólo dos años esta ingeniería inicial se quebró y el proyecto impulsado por el matrimonio Kirchner se vio obligado a buscar nuevos apoyos y socios. En este contexto, la candidatura de Cristina en los comicios de octubre de 2007 terminó dependiendo en gran medida del histórico Partido Justicialista bonaerense, aparato que -irónicamente- jugara el papel del villano en la versión original del relato K.

En definitiva, el mal humor expresado por los cacerolazos de porteños, cordobeses, y santafesinos demuestra que aquellos sectores medios que apoyaron al kirchnerismo dos años atrás lo han abandonado sin retorno, en especial porque se ven desplazados de su sistema de alianzas por grupos piqueteros, sindicalistas y dirigentes pejotistas clásicos.

Por su parte, al perder el apoyo de las capas medias de las grandes ciudades, el gobierno nacional decidió copar orgánicamente el sello del Justicialismo a través de la conducción del ex presidente Néstor Kirchner, creyendo que la liga de gobernadores e intendentes que es hoy el PJ podría asegurarle el control territorial del poder.

No obstante, el kirchnerismo debería comprender que su nuevo andamiaje sociopolítico no está unido en verdad por genuinas lealtades ideológicas, sino más bien por frágiles lealtades presupuestarias. Y, en el mediano plazo, dicha circunstancia puede transformar su aparente fortaleza en inevitable debilidad.