Artículo publicado por la revista ADEPA 45º Aniversario.

Los periodistas y la formación universitaria  

Dr. Gustavo Martínez Pandiani
Decano
Facultad de Educación y Comunicación Social
Universidad del Salvador

Desde tiempos presocráticos, el hombre ha intentado ordenar el concierto general de los saberes a partir del supuesto antagonismo entre ciencia y técnica . Este interesante debate, que aún no ha sido saldado, es particularmente relevante para el periodismo. En efecto, la antigua discusión sobre si la labor de prensa es una profesión o un oficio continúa ocupando a académicos, investigadores y miembros del cuarto poder.

En este contexto, no sorprende que el periodismo, como toda nueva disciplina, haya tenido que abrirse camino entre prejuicios intelectuales y editoriales para llegar finalmente a las aulas universitarias. Al igual que lo ocurrido con otras carreras jóvenes tales como la publicidad, las relaciones públicas e incluso la psicología, la comunicación periodística fue considerada en sus inicios como un saber menor, un mero oficio que se aprende “en la calle” y que no merecía compartir los mismos claustros donde se enseñaban profesiones distinguidas como la Medicina o el Derecho.

El propio Robert Pulitzer, cuyo nombre pasaría a la posteridad como símbolo de excelencia periodística, sufrió serios contratiempos en su lucha por convertir la labor de prensa en una disciplina “digna” de las altas casas de estudio. Así, su precursora propuesta a los directivos de la Universidad de Columbia, efectuada en 1892, recién se puso en práctica en 1912. Para ese entonces, la Universidad de Missouri ya había inaugurado la primera escuela de periodismo del mundo en 1908.

En América latina, la incorporación del periodismo a la oferta académica de nivel universitario debió esperar un tiempo más. En 1934, la Universidad Nacional de La Plata se convirtió en la primera de la región en dictar cursos para cronistas. La iniciativa sería prontamente replicada en Brasil (1937), y luego en Ecuador (1945), Venezuela (1947), México y Colombia (1949). Paralelamente, el aporte de las universidades privadas resultó valioso para fortalecer esta tendencia. En la Argentina, la Universidad del Salvador comenzó a enseñar periodismo en los años sesenta. En otros países, sin embargo, este proceso se demoró por varias décadas. Uruguay, por citar sólo un caso, no tuvo carrera universitaria de periodismo hasta 1980.

De este modo, la cuestión del desembarco del periodismo en la esfera universitaria reconoce dos posiciones extremas. Los más escépticos consideran que se trata de un oficio que sólo puede ser enseñado por periodistas, bajo un enfoque práctico y en institutos terciarios de marcada especialización. Dicho punto de vista es compartido por algunos reporteros tradicionales, quienes “aprehendieron” su tarea trabajando en los medios sin haber pasado por la universidad. Desde esta perspectiva, el verdadero hombre de prensa se forma en la redacción del diario y no en el aula.

Por otra parte, los academicistas sostienen que la formación universitaria le suministra al profesional un conjunto indispensable de herramientas teóricas y aplicadas. En defensa del valor del diploma, éstos pregonan que el periodista graduado posee una formación multidisciplinaria que le otorga mayor capacidad de análisis y adaptabilidad a los crecientes formatos y soportes periodísticos. Según esta mirada, el rigor docente remedia la falta de sistematicidad propia de los instructores prácticos.

En verdad, ambas posturas presentan argumentos válidos. Así como el médico se forma con los libros pero necesita pasar largas horas en el quirófano antes de convertirse en un buen profesional, el periodista de hoy debe lograr el justo equilibrio entre formación y experiencia. De hecho, el conocimiento teórico recién adquiere su total dimensión cuando es complementado con el ejercicio de la profesión. Es inevitable que el graduado universitario descubra más pronto que tarde que el día a día de la labor periodística difiere mucho de lo que aprendió en el aula. No obstante, una buena preparación académica le garantizará una cultura general enriquecida, importantes valores humanos y profesionales y la dosis de pensamiento crítico necesaria para resolver los frecuentes dilemas deontológicos que enfrenta el cuarto poder.

En suma, la formación del periodista del tercer milenio reclama una justa combinación entre ciencia y técnica que sólo las universidades y los medios, en conjunto, pueden brindar. El conocimiento teórico y la experiencia práctica, el claustro y la redacción deben mirarse mutuamente como socios de un proyecto común y no como adversarios. Queda claro que, como bien lo entendieron los griegos, gnosis y praxis son igualmente valiosas e inseparables. Aunque ninguna de ellas podrá sustituir la verdadera esencia del periodismo: la pasión por la palabra y el compromiso con la verdad.

El gran Gabriel García Márquez, quien definiera al periodismo como el mejor oficio del mundo , ofrece una reflexión que sintetiza este último pensamiento: “hace cincuenta años, el periodismo se aprendía en los talleres de imprenta, en el cafetín de enfrente, en las parrandas de los viernes (…). Los que no aprendían en aquellas cátedras ambulatorias y apasionadas de veinticuatro horas diarias era porque querían o creían ser periodistas, pero en realidad no lo eran”.