Extractos de la nota publicada en La Nación, Sección Información General, 22 de abril de 2007.
Fenómeno social: opinan especialistas
Gran Hermano, la atracción de espiar y castigar al otro
Guiones, negocios y un éxito sorprendente
Juan, así, a secas, toma sol. La cámara lo enfoca. Juan sigue tomando sol y la cámara sigue ahí. De repente, el foco cambia hacia Diego, que no hace nada comprobable. Otra vez la lente se agita. Parece buscar algo que promete: Male pela una banana y la mete en una licuadora.
Mientras tanto, millones de personas del otro lado de la TV, ejércitos de voyeurs hambrientos observan, discuten, conjeturan, aprueban, critican, se emocionan y, he aquí lo concreto, llaman por teléfono a un costo de 50 centavos más IVA para echar a alguien.
La propuesta mide alrededor de 30 puntos de rating que equivalen a tres millones de personas sólo en la ciudad y el Gran Buenos Aires.
En esa casa se fuma hasta el hartazgo, se dicen malas palabras y se ven cuerpos desnudos en cualquier horario y hasta se asiste a expresiones y muestras humanas escatológicas.
¿Por qué a tanta gente le gusta ver eso? ¿La espontaneidad la atrae? ¿Siente que pueden juzgar sin ser juzgada y hasta "eliminar" gente sin cometer delito?
"La única espontaneidad es la de los productores, porque es un show, una historia, en la cual no existe la espontaneidad de los participantes", consideró el decano de la Facultad de Ciencias de la Educación y Comunicación Social de la Universidad del Salvador, Gustavo Martínez Pandiani. "Los participantes no representan a los jóvenes, porque la mayoría en la Argentina estudia, trabaja o intenta hacerlo, mientras que en la casa no se discuten los problemas socioeconómicos, no hay conexión con la realidad, y se arman problemáticas que hacen al juego", fundamentó Pandiani al considerar que el programa está guionado.
En su opinión esta versión de Gran Hermano (la cuarta) resulta más artificial que ninguna otra, porque el propio casting estuvo dirigido hacia un perfil expresamente histriónico.
"El programa no está guionado", refutó el productor del programa, Marcos Gorban, que hoy es algo así como el señor reality en la Argentina. "Tenemos story editors que hacen una edición de lo que ocurre dentro de la casa para seleccionar lo que es interesante de publicar y en qué orden", dijo Gorban que, antes de dedicarse a los reality, fue dirigente del Partido Comunista (PC).
Controlar y castigar
Los participantes elegidos, nueve chicos y nueve chicas, de entre 20 y 30 años, exhiben inquietudes por desarrollarse en la vida del espectáculo masivo. Menos uno. Diego, un ex presidiario que pasó cinco años en la cárcel por un robo a mano armada. Y, precisamente él, según puede intuirse sin demasiado esfuerzo, podría ser el ganador del juego con un premio de 100.000 pesos.
"Detrás del fenómeno -añadió Pandiani- hay un control social en eso de espiar al otro, aunque el otro lo sepa. Después, se aplica el castigo, esa perversión de jugar a Dios para sacar a alguien del juego o premiarlo sin consecuencias, ni verdadero compromiso".
El programa de Telefé tiene dos emisiones que se suponen de alto voltaje: en una, los ahora seis habitantes de la casa (ingresaron 18) eligen a dos para que se vayan (los votos esta semana quedaron tan repartidos que son cuatro los nominados para abandonar la casa); en la otra gala -así se la denomina- los televidentes votan a través de mensajes de texto quién debe dejar el nido de Gran Hermano.
"¿Es un reflejo de la sociedad? Claramente no; ¿son representativos los participantes? Tampoco. Pero, sí tienen mucho de nosotros en cuanto a sus acciones: ¿quién no ha visto pelearse dos chicas por un chico? Sin ser un espejo del país se comparten aspectos", fundamentó Gorban para explicar la empatía del espectador. Una de las características es la supresión del apellido: los chicos sólo son nombrados, y adquieren así sus minutos de fama, con nombres de pila.
"Las relaciones en Gran Hermano son dudosas, porque se dan en un escenario planificado y armado: ellos saben que los están viendo y ésa es la diferencia con, por ejemplo, The Truman Show", dijo la investigadora del Conicet María Fernanda Arias respecto de la película en la que Truman Burbank (Jim Carrey) descubre de adulto que toda su vida idílica ha sido una puesta televisiva dentro de un invernadero gigante con actores que hacen de esposa, amigos, parientes, etcétera.
"No hay nada espontáneo y no representa la generalidad de los jóvenes; allí, cada uno, funciona en un papel preestablecido y trata de atraer para quedarse en el juego", dijo la investigadora que, también, considera que Gran Hermano cuenta con un guión al que se ciñen los protagonistas.
"El fenómeno más interesante, sostiene Pandiani, en términos de patología social, es analizar por qué miles de argentinos se enganchan con este show."
La cámara vuelve sobre los integrantes de la casa. Esta vez sí ocurre algo. Juan, el representante cordobés del juego, se está peinando frente a un espejo.