Artículo publicado en La Gaceta de Tucumán, Sección Política, 27 de enero
de 2008
La lógica del enemigo y el uso de recursos emotivos
En 1513, Nicolás Maquiavelo aconsejaba al celebre Príncipe aglutinar su
reino y elaborar su discurso con base en la exhibición de una amenaza o un
enemigo (real o potencial) que justifique su propio poder.
Han pasado casi quinientos años y la lección del consejero florentino
parece reflejarse fuertemente en la "discursividad de choque" elegida por
la mayoría de los dirigentes argentinos a la hora de obtener el apoyo de
la sociedad.
En efecto, la consolidación del poder político de presidentes y
gobernadores suele devenir de sus triunfos previos en el campo de lo
simbólico. Así, por ejemplo, Néstor Kirchner y José Alperovich ganaron en
su momento la batalla política porque antes logaron imponerse en la
batalla discursiva.
En rigor, en el peculiar mundo de la discursividad la clave del éxito
radica en aprovechar al máximo los recursos emotivos y roles
estereotipados que ofrece hoy la aguda personalización de las pujas
políticas. Y para ello, el señalado pragmatismo de la "lógica del enemigo"
resulta un instrumento altamente eficiente.
No obstante, dado que el discurso confrontativo identifica a la opinión
pública -y no a un partido en particular- como su principal sostén y
aliada, el mismo puede sufrir daños en el largo plazo como consecuencia de
los bruscos vaivenes que suelen experimentar el humor colectivo.
Dos siglos atrás, el diplomático inglés George Canning definió a la
opinión pública como "el poder más tremendo que se haya conocido en la
historia de la Humanidad". Claro que Canning no dijo entonces que dicho
poder es esencialmente volátil. Y difícil de dominar desde la política.
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