Nota publicada en Portal Myriades 1, Sección Comunicación, 2 de mayo de 2007.

Las críticas al formato

El efecto narcotizante de lo banal

Por Alfredo Dillon

Bernard Crick, biógrafo de George Orwell, señaló ya en los años '80 que la profecía del escritor británico se había cumplido. En su prólogo a 1984 escribe: "A través de la degradación cultural la gente se despolitiza, permanece muda". En dos palabras: no participa. El comunicólogo Gustavo Martínez Pandiani, decano de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad del Salvador, coincide con esa opinión: para él, Gran Hermano produce un "efecto narcotizante" en la sociedad. Los primeros en plantear esta idea fueron los sociólogos Paul Lazarsfeld y Robert Merton, quienes en 1948 alertaron sobre las consecuencias que producen los medios de comunicación cuando saturan a las audiencias con contenidos intrascendentes. Citando a Lazarsfeld y Merton, Martínez Pandiani afirma que esta saturación "no hace otra cosa que adormecer a los ciudadanos, alejándolos de las problemáticas sociales de importancia y convirtiéndolos en meros espectadores de un mundo ocioso y trivial".

La preocupación de Martínez Pandiani radica en que Gran Hermano ocupa la agenda de la sociedad y de los medios con problemas que no son tales, quitando espacio a otras cuestiones realmente acucia ntes. "El efecto narcotizante consiste en que la gente olvide por un rato los problemas reales –pagar las expensas, conseguir trabajo, arreglar su casa– y ocupe con trivialidades el tiempo que podría destinarse a la búsqueda de una
solución", explica a MYRIADES 1. La omnipresencia del formato en la grilla de programación agrava el asunto: "Tres, cuatro, cinco horas al día los espectadores deciden concentrarse en si Fulano tuvo relaciones con Mengana, o si tal traicionó a cual dentro de la casa. Por si fuera poco, después del programa viene el comentario con los amigos, la familia, en el trabajo, el colegio o la facultad".

El mal de la banalidad

La mayor parte de los críticos del reality show, desde Ignacio Ramonet hasta el argentino Pablo Sirvén, coinciden en que su peor veneno es la banalidad. El propio Baudrillard, quien muchas veces se mostraba dispuesto a mirar con optimismo la hiperrealidad generada por los medios, rechazó categóricamente Loft Story (la versión francesa del ciclo) por considerar que sustituía con la banalidad absoluta toda dimensión histórica e ideológica. "Heidegger decía que el precipicio del que el hombre no será redimido es la banalidad. Estamos en ella. Nuestro objeto de contemplación y de deseo es la banalidad cotidiana: nuestro objeto sexual no es el sexo o el voyeurismo pornográfico, sino la curiosidad y el ingreso al santuario de la banalidad", declaró en una entrevista concedida al Corriere della Sera en 2001.

Para Martínez Pandiani, se trata de un rasgo propio del medio: "La televisión es una máquina creadora de banalidad, pero ella misma fagocita después esa banalidad. La televisión inventa a la modelo o actriz de moda, y al verano siguiente, las destruye". Además, sostiene que lo interesante de Gran Hermano es que pone en evidencia los valores imperantes en la pantalla chica. "En televisión, vos podés ser el peor cantante y ganar un concurso de canto. Todo depende de cómo manejes el show. Si nos trasladamos al terreno de la política, descubrimos que pasa lo mismo", afirma. Para él, no puede pedirse a la caja boba que se vuelva la usina fundamental de la educación argentina. "La tele se rige por la lógica del consumo. Puede tener un rol educativo, pero sólo de modo secundario", concluye.

Todos lo ven, todos lo critican

Las críticas a Gran Hermano se multiplicaron en todo el mundo, especialmente cuando el programa todavía era una novedad, inquietante como todo aquello cuyas consecuencias son imprevisibles. "Cuando empezamos a hacer Gran Hermano no sabíamos bien en qué nos estábamos metiendo", reconoce Marcos Gorban, productor de las cuatro ediciones del ciclo en Argentina. "Nos encontramos con muchísimos prejuicios en la gente, muchos mitos montados en torno al programa. Todo eso suscitó una resistencia muy fuerte", recuerda en diálogo con MYRIADES 1. "Hoy, varios años después, ya todo el mundo constató que es sólo un programa de televisión, un entretenimiento", concluye.

Sin embargo, siguen apareciendo voces que rechazan el formato. Para Gorban, se trata de críticas lanzadas desde una posición elitista. "Es un programa de entretenimiento. No tiene una función social. No es una biblioteca ni una universidad. ¿Por qué se le quiere sacar a la gente el derecho a entretenerse, como si no tuviera ya suficientes privaciones?", se pregunta.

Gran Hermano y los chicos

La mayor parte del público del reality está compuesta por adolescentes. Ellos votan a sus preferidos, opinan en las decenas de foros que existen en la red, y hasta arman clubes de fans de los participantes. La licenciada Goldberg encuentra una explicación para este fanatismo: "Los adolescentes están en una etapa en que buscan un lugar en el mundo. Viven pendientes de encontrar posibles modelos de identificación". Precisamente eso les provee Gran Hermano: modelos, patrones de comportamiento, opciones de vida exhibidas hasta en sus menores detalles. Esto no implica que el espectador imite sin más lo que la pantalla le muestra; pero la televisión ofrece referentes posibles.

Para Gustavo Martínez Pandiani, la explicación también debería incluir otro factor: "Los adolescentes y los chicos se enganchan más porque este programa requiere un determinado grado de inmadurez", opina. "Yo no creo que alguien con problemas serios en su vida cotidiana se enganche con Gran Hermano", sostiene Martínez Pandiani.

Se plantea entonces, un problema: ¿cómo proteger a los más chicos, que son los más vulnerables, de posibles influencias perniciosas del programa? La cuestión no sólo es la banalidad de los contenidos, sino el deliberado énfasis en el componente sexual. "Lo peor que se puede hacer es prohibir que lo vean. Lo ideal sería sumar una opción mejor: fomentar la lectura u otras actividades sanas", propone Martínez Pandiani. Otros expertos en televisión y educación, como Valerio Fuenzalida y Guillermo Orozco Gómez, recomiendan una recepción crítica, en compañía de un adulto. "Es necesario tener un rol de docentes-padres", afirma Martínez Pandiani. Eso permite un diálogo posterior acerca de lo que se ha visto, siempre más fructífero que la prohibición de encender la televisión sin mayores explicaciones.