| Artículo publicado en El Cronista Comercial, Sección Opinión, 11 de
diciembre de 2007.
La novedad es la continuidad
Gustavo Martínez Pandiani
Decano de Comunicación Social, USAL
Teniendo en cuenta que la historia política argentina se caracteriza por
rupturas profundas y cambios bruscos, la verdadera novedad de la presente
transición presidencial es la continuidad. Y, aunque el gobierno de Cristina Fernández puede deparar en el futuro
algunas modificaciones de estilo y personalidad, el discurso inaugural de
la flamante presidenta dejó en claro que su gestión forma parte de un
proceso histórico más amplio. Este proceso es, claro está, el proyecto
político comenzado por el propio Néstor Kirchner el 25 de mayo de 2003.
En consecuencia, no resulta sorprendente que los ejes centrales anunciados
ayer por CFK sean esencialmente los mismos que los puestos en práctica por
su esposo a lo largo de los últimos cuatro años. En efecto, el vigente"modelo de acumulación con inclusión social" se mantendrá intacto,
independientemente de que se serán redefinidos los roles de la sociedad
política que, desde hace más de tres décadas, constituye el matrimonio
Kirchner.
De este modo, en los próximos meses se verá cómo Cristina asume la responsabilidad de gobernar con plenitud y sin medias tintas, mientras
Néstor se corre de la luz pública para alojarse en un segundo plano, tal
cual lo hiciera oportunamente su esposa, cuando en 2003 le tocara a él
-siendo el menos conocido de la pareja- asumir la primera magistratura.
Así, aunque la habitual división del trabajo de la sociedad K ("uno en el
mostrador y el otro detrás, pero funcionando juntos como una eficiente
unidad de poder") permanecerá inalterable, lo que ha comenzado hoy es el
intercambio de dichas funciones.
Ante la Asamblea Legislativa y numerosos representantes extranjeros, la
jefa de Estado mezcló vehemencia con emoción y recorrió por casi una hora
las prioridades que revelan su decisión de continuar con la obra que
recibe de manos del presidente saliente: superávit fiscal, integración
latinoamericana, renegociación de la deuda pública, reivindicación de los
derechos humanos, dólar alto, obra pública como motor de la economía y
reducción del desempleo. En el terreno de lo simbólico, quizás el icono
más emblemático de la continuidad política referida lo haya encontrado en
su sentida salutación a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo.
Pero también hubo lugar para algunas novedades. Las pistas o insinuaciones
de cambio se concentraron en una serie de problemáticas puntuales
introducidas por Cristina Fernández que promete convertirse en el capítulo
más innovador de su mandato: reforma judicial, pacto social, educación e
investigación científica, y reforzado protagonismo internacional (caso
Betancourt, reclamo por Malvinas y lucha contra el terrorismo mundial).
Finalmente, la presidenta formuló algunas advertencias y marcó la cancha.
Aprovechó el puntapié inicial de su gobierno para marcar límites a las
demandas anticipadas de aquellos actores sociales que serán clave en el
marco de la dura puja de intereses que se viene. Fiel a su estilo asertivo
y enérgico, no dudó en anunciarles a empresarios y sindicalistas que no
jugará el juego interno de ninguno de ellos. Y que la presidente será
ella.
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