Nota publicada por el diario Perfil el 2 de noviembre de 2008.
El ser argentino y la banalidad
Ser banal es darle importancia a cosas que no la tienen. Pero todos, de alguna manera, lo somos y los expertos consideran que eso es bueno y saludable, aunque sólo en una determinada medida. Cierta cuota de superficialidad, indican, reduce el nivel de estrés y “nos hace ahorrar fuerzas anímicas para encarar las adversidades.
¿Qué es ser banal? Torcuato Di Tella dice que “es darle importancia a lo que no la tiene”, pero “en general, la mayor parte de la gente no tiene más remedio que darle importancia a las cosas importantes que la atenazan todos los días”. Mariano Ure, doctor en Filosofía e investigador del Instituto de Comunicación Social de la UCA , identifica a la banalidad como la capacidad de “revertir el orden de lo importante y lo secundario, poniendo lo superficial por encima de lo que verdaderamente cuenta”.
Para la socióloga Adriana J. Bacciadonne, consultora en comunicación organizacional, “la gente de alto o muy alto nivel socioeconómico podría tener una mayor probabilidad de banalizarse, si es que se aleja de la realidad. Quienes no están atravesados ni acuciados por la dureza del entorno, por las demandas contradictorias y por las presiones del medio, habrán de adoptar como una forma de negación y escapismo la banalidad como droga, como narcótico, como anestesiante”.
Por su parte, Gustavo Martínez Pandiani, decano de Educación y Comunicación Social de la Universidad del Salvador, es muy didáctico: “Existe en el ‘ser nacional' argentino –y en particular entre los porteños–, una importante cuota de banalidad , así como una visión predominantemente cortoplacista y exitista de la realidad ”. Describe que “el éxito” a secas es la meta de muchos argentinos, quienes lo miden con criterios resultadistas y materialistas, en desmedro de valores como el empeño y la dedicación . Para llegar a él, observa que se buscan atajos que provocan “el debilitamiento de la cultura del esfuerzo, la disciplina y la perseverancia como vías para obtener logros, sean académicos, profesionales o personales”.
Martínez Pandiani definió dos épocas de extrema banalidad en la Argentina , como la de principios de siglo XX, la vaca en el barco rumbo a París, y la década del 90, con Menem a la cabeza y el “deme dos” en Miami. En cuanto a nuestro presente, señala como diosa de la banalidad a la televisión.
“Cierta cuota de superficialidad es sana –dice Ure–, sobre todo para alivianar los problemas con los que cargamos. Conversar sobre temas irrelevantes, ver programas de entretenimiento o ir a caminar por un shopping tienen, muchas veces, un efecto catárquico que nos ayuda a reducir el estrés y nos hace ahorrar fuerzas anímicas para encarar las adversidades.”